Continuamos inventariando…

– Tengo novedades que contaros.

– Ya sabes que primero hay que decir la contraseña: Buenos días.

– Pues eso… Buenos días, y tengo novedades.

– Dispara.

– Ayer por la mañana me encontré a Pedro Bagur paseando por el puerto y cruzamos algunas palabras.

– ¿Y bien?

– En realidad cruzamos tres temas, pero lo que realmente me sorprendió es que una persona que debe tratar a tanta gente todos los días, habiendo conversado una sola vez con él, en décimas de segundo me ubicó.

– A veces lo veo en la TV Menorquina y me parece un tipo inteligente. Da la sensación de estar empapado de todo lo que sucede…

– Nuestra conversación duró tres minutos y me preguntó por la situación actual de ‘El clan…’, Es Butlletí y la salud.

– Queda fuera de toda duda que te reconoció.

– Me disculpé del retraso por el blog en primer lugar. Le intenté explicar que ‘El clan…’ lo componemos miembros muy ocupados y que en ocasiones nos es imposible llegar a todo lo que deseamos. Luego me inyectó una dosis de ‘subidón’ con palabras de elogio para el equipo de redactores de Es Butlletí y finalmente me preguntó por mi estado de salud.

– Entiendo que te tocara la fibra sensible cuando elogió Es Butlletí, porque el comentario viene de un profesional del gremio.

– Efectivamente. Le expliqué que estaba muy interesado en llevar a cabo, con sencillez, un taller de prensa y que la idea me tiene especialmente ilusionado.
– Todo esto está muy bien, pero no entiendo tu sorpresa.

– Pues me sorprendieron varias cosas. En apenas segundos adoptó lo que hubiera sido más propio de un mando intermedio de la cadena de mando y no la de un jefe, supuestamente más preocupado por problemas de altos vuelos.

– Bueno, bueno, bueno… de esta guisa está claro que nos suben el sueldo, ¿no?

– Jajajaja.

– Pues ahora hablemos del Vive…

– Espera un momento, que tengo otra historia y no me apetece hablar de dinero…

– Llegué a Urgencias para interesarme por el ingreso de un familiar. Mientras esperaba en la cola, llegó su hija y esperamos nuestro turno los dos. Finalmente solicitamos información al respecto y nos contestan que ‘el paciente acaba de ingresar y ahora les diremos algo’.

– No veo nada de particular.

– Pasaron algunos minutos, eternos minutos, y con un ‘pelín’ de mala uva la señora del mostrador nos indica que debemos esperar en la sala y que ya nos informarán.

– Lo que se vive en aquella sala de espera es digno del camarote de los Hermanos Marx. Un señor regordete, descamisado, lleva dos horas y media esperando que le atiendan.
Finalmente abandona el centro jurando en arameo. Una joven en silla de ruedas, blanca como la pared, da vuelas y vueltas hasta que –alabado sea el Señor– la llaman y entra. Cinco minutos más tarde, la joven se encuentra dando más vueltas en la sala. Un pequeño de apenas dos años ha sufrido una caída y no mueve el brazo. Espera su turno. ¿Sigo?

– No, por favor, no sigas.

– No es una denuncia, pero sí una crítica constructiva. Entre los celadores que atienden las llegadas y la tortuosa sala de espera, debería existir la figura del celador intermedio.
– O sea, el que se llevara todas las broncas.

– No exactamente. Entiendo que debería ser una persona sensible al problema del familiar que de­sesperadamente espera novedades, capaz de informar sin tener que escuchar aquello de que ‘hace dos horas que entró y no nos dicen nada’, que fuera un eslabón de retén, de ayuda…

– Suena bien.

– Sí, pero a más de uno le sonará… desafinado.

– ¿Hablamos del Vive?

– No hay más espacio…

– Y dinero, ¿hay dinero?

– Ahí me ‘matas’…

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