Nacer, vivir y morir

Tres verbos hay en la vida que toman carta de naturaleza en nuestra existencia terrenal de forma obligatoria. Luego descubriremos muchos otros y otros tantos no los conjugaremos ni pidiéndolo de rodillas. Mientras el primero es innato (nacer), el segundo se forja según se van desencadenando lo que más tarde denominamos memoria histórica (vivir), pero hasta llegar a ella, ni en Primaria, EGB, ESO, BUP, COU, etc, nos han impuesto y/o propuesto una asignatura, taller, actividad extraescolar que en cierta manera y llegado el invierno de nuestra vida pueda amortiguar el impacto que supone el verse tremendamente cercano a la línea de llegada… quizás sea esta carrera en la cual nos importe un bledo llegar el último y si pudiera ser, después de este.

La pegadiza estrofa de la canción que trasciende generación tras generación como si del ‘hit’ veraniego del eterno Georgie Dann se tratara se entona con esta letra que absolutamente todos hemos cantado en alguna ocasión: “Tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amor…” Y cuantas más hojas vemos caer en nuestro particular, personal e intransferible calendario, salud y amor se imponen de forma arrolladora sobre los €uros, de los cuales dicen sea cual sea su procedencia y cantidad, no te la otorga automáticamente, pero te echa una manita… ¡que no veas tú qué alivio!

El ritmo al cual sometemos bajo presión el día a día invita amablemente a ser selectivos en necesidades. De esta forma decidimos aprender inglés, dibujar las pastillas de chocolate del estómago a base de horas en el gimnasio o bien un amigo (¿) nos  comprometerá a pertenecer a una asociación sin ánimo de lucro, vecinal, ONG, presidencia de padres de alumnos, colombofilia, filatelia, canaricultura, bonsáis, petanca, directiva deportiva, cursillo intensivo teórico práctico de cómo recuperar la autoestima, zen, defensa personal, cocina rápida para recién divorciados, bebedores sin fronteras punto com… ¿Te suena alguna de estas inversiones de tiempo libre?

Parece evidente y  probado que lucimos palmito en primavera por aquello de la juventud, moreno envidiable y noches de inolvidable historias personales con el otro género en verano, poesía y paseos de la mano por el puerto con miradas sin palabras pero que nos recuerdan tiempos de vitalidad ya en el otoño y, finalmente, se presenta el invierno en nuestras vidas y rasgamos las vestiduras… nos rasgamos las vestiduras que no tenemos porque la cabeza transitaba en otras obligaciones de dudosa necesidad las más de tres cuartas partes del recorrido…

Nadie con dos dedos de sentido común cuestiona que la vida tiene obligaciones ineludibles, a las cuales no podemos dar la espalda. Sin embargo, echo de menos el temario en cuya primera página podemos leer como título “Cultura de la muerte” y como antetítulo podría acompañar un “Manual de instrucciones”.

De esta forma y sin inoportunos test ni, por supuesto, evaluaciones, podrían evitarse finales tan traumáticos como los de las cantantes Amy Winehouse o bien la denominada la voz femenina, Whitney Houston, mitos de la música apagadas por óbitos derivados de los excesos que están escritos entre líneas de las partituras que maldicen a las leyendas del rock and roll… drogas, promiscuidad, amistades peligrosas. Seguro que alguien que verdaderamente las quería y amaba les había advertido, y no una sola vez, “que viene el lobo, que viene el lobo”…

La formación de la cultura de la muerte tiene dos vertientes lógicas: evitarla y comprenderla. Driblar las primeras por absurdas e innecesarias y asimilar el lienzo que se dibuja a nuestro alrededor llegado el momento en el segundo supuesto. ¿Le podemos preguntar si está usted  preparado para la llegada del invierno… de su vida? Bueno, bueno… no se enfade con nosotros, era una pregunta sin ánimo de ofender… ¡Vaya genio, tú!

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