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Ser elefante o no, he ahí… ¿una realidad?

lunes, septiembre 21st, 2015

En ocasiones, en muchas ocasiones, utilizamos de forma despectiva el término cuento. La narración de una fábula, y las hay a cientos, en su inmensa mayoría, quizás no en su totalidad, lleva implícita una moraleja que por una parte permite entretener a los más pequeños del hogar y, por otra nos ubica en la dirección correcta de la lección. Me viene a la memoria, rápidamente, El patito feo como paradigma de la estética, La hormiga y la cigarra como previsora de tiempos de decadencia, Los tres cerditos como la construcción sólida de cimientos y un largo etcétera que, sin embargo, erramos al otorgarnos una licencia, como indicamos, despectiva cuando escépticos a la historia que nos narran, zanjamos la conversación drásticamente tal que así: Venga hombre, no me vengas con cuentos….’

elefante

En la era del ‘power point’, es decir las presentaciones de diapositivas, se han puesto de moda a miles, destacando aquellas que por su belleza estética en imágenes, banda sonora magistral y selección perfecta de la redacción literaria sólo hay que darle al ‘play’ y dejarte llevar por la magia del conjunto y, también, por el mensaje que el autor pretende comunicar.

El carácter pedagógico de los cuentos ha de ser un hilo comunicativo con los hijos en su más tierna infancia. No descubrimos América con esta sentencia pero quisiera ir más lejos y acudir al cuento como moraleja en este estado fluido con ellos cuando dejan de ser retoños, niños, adolescentes y libramos con ellos esa lucha que por una parte ubica en el imaginativo cuadrilátero el contrincante peso pesado que conforma el ordenador, el móvil, la play. Entonces las situaciones de la vida en su mayoría complicadas echar mano de las fábulas como cordón umbilical con nuestra descendencia puede muy bien fomentar la relación manada y establecer un pulso legítimo con aquel peso pesado.

Un primer ejemplo sería cuantificar el problema gráficamente estableciendo un paralelismo que al menos siembre una duda razonable con tendencia clara al optimismo: Si nos dicen que en la calle hay un animal (problema), es ridículo pensar que es un león (tamaño del problema) que se ha escapado del circo. La lógica debería imponerse y pensar que el tamaño de ese problema no es superior a un gato, un perro…

Sin embargo la sucesión de anuncios de la relación nominal de animales indeterminados que nos aguardan al salir de casa, porcentualmente es favorable a las de tipo mascota doméstica frente a toparse con el salvaje rey de la selva. Es, al menos pretende serlo, un botón de muestra… ¿Lo pillan?

Independientemente de la moraleja que presenta Dumbo y redundando en la lucha diaria ante las trabas, plantar cara ante lo que es costumbre, como aquello que mejor no menearlo por endémico sólo porque nos posiciona en una cuadricula entendible es ridículo, pero sobre todo cobarde.

El segundo ejemplo que no puede ser más gráfico es aquel que cuenta la historia de un elefante que crece cautivo desde su más tierna infancia atado con una cadena que pende de una pequeña horquilla de la pared. A pesar de su lucha por hacerse con la libertad, sus estiradas son inútiles por lo que acaba sucumbiendo ante lo infructuoso de sus embestidas. El elefante crece, multiplica su tonelaje, por tanto, su potencia física también mientras aquella asa aferrada a la pared continúa siendo del mismo tamaño, pero ese problema para el mamífero más grande sobre la faz de la tierra ya lo derrota de antemano, por lo que ya ni forcejea con ella porque creció pensando que aquel ‘imposible’ se ha hecho ley.

Y entonces ‘El clan…’ se pregunta si podríamos aplicarnos todos la moraleja del elefante atado a la horquilla o le ponemos de una vez por todas lo que hay que poner y embestimos de verdad a la p… asa que nos tiene acongojados de por vida porque así, con esa idea, crecimos.

Gracias, Dumbo, por recordarme que con unas orejas tan voluptuosas como las tuyas también puedo fantasear, fabular y, quién sabe, hasta volar libre.