Instrucciones para utilizar la máquina del tiempo

Isaac Asimov,  H. G. Wells, Arthur Clarke, Ray Bradbury, Philip Dick, Orson Scott Card se encuentran en una lista en la que no están todos, pero sí una representación de escritores especialistas en el mundo de la ciencia ficción, en la cual se echa de menos a Julio Verne. Apelando a este universo mágico antagónico y de contraste con la realidad, el sueño del ser humano, al menos en un tanto por ciento elevado, se trata de tener la capacidad de volar. Poder ascender sin problemas, surcar los cielos para observar el planeta tierra, estar dotado de esta característica que, dicho sea de paso, es un sinónimo de libertad.

Recuerdo haber leído una historia en el inmenso mundo del ciber espacio en el que los sabios del universo y ante la demanda de los humanos, estudian el lugar –recóndito por cierto- en el que deben esconder (¿) la capacidad de ser feliz. Después de muchos dimes y diretes, habló el más lúcido entre los ilustrados y sentenció: “La ubicaremos tan cerca de ellos mismos que serán incapaces de encontrarla fácilmente. La ubicaremos en sus corazones”.

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La fábula no tiene otra moraleja que demostrar que no necesitamos descubrir una fórmula de doce incógnitas, ni recitar la lista de los diez César a la inversa que reinaron antes del nacimiento de Jesús. En cambio sí acudiría a otra fábula, la que un abuelo llega al que va a ser su próximo hogar hasta el fin de sus días. Mientras encamina sus pasos a la habitación del geriátrico que le ha tocado en suerte, la enfermera le va poniendo en antecedentes de lo que se va a encontrar: ‘Se trata de una habitación con mucha claridad, aseo privado, televisión, ventana con vistas…’ Mientras, el jubilado va celebrando con naturalidad y agradecimiento cada una de las características que aquella comenta, hasta que la auxiliar, advirtiendo tanta predisposición del nuevo inquilino, pregunta: ‘¿Cómo es posible que esté de acuerdo en todo lo que le digo si todavía no la ha visto?’ El anciano, sin apenas inmutarse, le contestó: ‘El día a día, la jornada a jornada, no la va a hacer ni mejor ni peor por lo que tenga o me falte. El presente lo construiré yo mismo’.

Otro de los sueños humanos es poder viajar a través de la máquina del tiempo. Trasportarnos a tiempos remotos, épocas especiales por su calidad social, cultural, política, deportiva, familiar o de la índole que se nos antoje.

Evidentemente la máquina en cuestión no existe –que se sepa, al menos-, por lo que ‘SÍ’ podemos viajar en la máquina de ‘nuestro’ tiempo y más concreto a aquel que duerme placentero en alguna parte de nuestro enigmático cerebro como si no hubiera ocurrido jamás, lo que sólo espera ser provocado a ser despertado de su hibernación peculiar.

Este ‘Clan…’ evita en lo posible aconsejar, pero permítanos invitarle a recoger todos aquellos álbumes de fotos antiguas que posee y que hace cuarto de siglo y medio que no repasa, cintas de vídeo con idénticas características que las fotos, un paquete de ‘klinex’, tres o cuatro latas de bebida fresca, unas chuches para entretener el estómago, un cartel de ‘No molestar’ para colgar en la puerta de la habitación… Esta operación tiene la ventaja, como si de un juego de mesa se tratara, de que puede practicarlo en solitario y/o acompañado por seres queridos, como la propia pareja, un@ amig@ o varios…

Les podemos asegurar que entrando en esa habitación tan singular sentirá las mismas sensaciones que haberlo hecho en una máquina del tempo.

Este artículo de opinión está clasificado como ‘S’ de sensible y su puesta en práctica puede herir la sensibilidad de quien lo practique. El que avisa no es traidor.

 

 

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