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Acento y salero

Martes, Abril 18th, 2017

Hace algunas semanas peninsulares toman el primer café del día en el mismo bar que nosotros, aquella infusión que te inyectarías en vena por esa necesidad imperiosa de cumplir con la rutina y que parece que si no lo tomas, el día no es igual (¿) que los demás. Bueno, el caso es que el roce diario, el saludo habitual, el comentario matutino sobre la climatología y la ropa que utilizar, hace que intercambies información –cuentas de ti mismo lo que te convenga, por supuesto- pero en realidad, en multitud de ocasiones, diría casi en la plenitud de los casos, acertarías su lugar de procedencia sin pensarlo no más de dos veces… bueno, tres.

Cuenta una leyenda urbana que en cierta ocasión el CD Menorca se enfrentaba en el Estadio Mahonés con un equipo mallorquín de la antigua IIIª Balear. Arbitraje calamitoso, anticasero y provocador acabó expulsando a dos jugadores locales, un penalti para los visitantes… en fín, peor imposible. El presidente del equipo foráneo, al terminar el partido, y a la espera de que los jugadores fueran tomando asiento en el bus, decidió pasear y tomarse un café. Entró en un bar, pidió un cortado descafeinado y observó como lentamente el local iba aumentando de ‘cafeteros’ con un denominador común: Eran los aficionados del CD Menorca, se había colado en la sede oficial del club al que le habían ‘r-o-b-a-d-o’ el partido.

No se alteró agarrado por un sentimiento natural de anonimato pero pensó, para sus adentros, hablar lo necesario, por aquello de no provocar una situación peligrosa para su integridad física. Motivos los tenía ya que cuanto más se llenaba el bar, la intensidad del mosqueo (¿puedo decir cabreo?) aumentaba sin control en volumen,. Como si pasaran lista y se acordaban de todos los familiares del señor colegiado, amén de despotricar del equipo visitante, del que coincidían en centrar sus iras por cuanto consideraban que siempre eran favorecidos por el colectivo arbitral.

Con el nerviosismo normal en un caso este, llegó la hora de pagar su cortado descafeinado, y con la musicalidad típica e innegable acento mallorquín, sobre todo cuando se habla en castellano, pidió la cuenta.

– Camarero por favor, ¿qué debo?

Aproximadamente unos trescientos ojos se clavaron como puñales en la espalda del ahora descubierto el ahora reconocible y expedicionario y su procedencia mallorquína.

La leyenda es inconclusa, puesto que unos cuentan que el seísmo en clave de abucheo alcanzó el 6.9 sobre la escala de Ritcher, otros ni se enteraron y el resto simuló no haber oído nada.

El caso es que nos guste más o menos, nuestro lugar de nacimiento y que además se desarrolla la jornada diaria con normalidad, acaba por ‘contagiar’ tics que sólo les falta obtener la calidad de ‘denominación de origen’.

Asturiano, gallegos, catalanes, valencianos, castellanos, baleáricos… todos tenemos un cartel de procedencias vital que nos delata. Aquella docena de operarios con los que tomamos café por las mañanas son andaluces. Unos de Málaga, otros de Cádiz, algunos de Sevilla… sí, son andaluces y no podrían negarlo aunque quisieran. Y es que su gen (¿) de procedencia les delata como a ellos desde primerísima hora matutina… su acento y salero para alegrar la jornada tienen, como dice la canción sevillana, ‘un sabor especial’.