El abuelo un día…

Cuando me siento para charlar conmigo y decido recordar historias del pasado, me asusto, no por el contenido, que no son películas de miedo o terror… este pánico descafeinado es equivalente a lo que siente una persona cuando empiezan a otorgarle homenajes. Es decir, los años van pasando y los cumpleaños se suceden uno tras otro… o lo que es lo mismo, ‘’tornem vells’.

La época de juventud es aquella que además de estudiar, sueles encontrarte con tus amigos para olvidarte de libros, escuelas y profesores. La pandilla, en general, tiene como denominador común con las otras un lugar de encuentro que veneran y encumbran como si de su segundo domicilio se tratara. Unos le llaman
‘soterrani’, otros ‘àtic’, o también ‘ associació’ y no falta quien habla de ‘club’ o en el mejor de los casos ‘ magatzem’.

Recupero el principio del artículo para poner en marcha la máquina del tiempo y retrocedo varias décadas atrás. Yo era muy pequeño y me acoplaba con mis hermanas, las otras componentes de El Clan… Carmen y Tere, y yo desde mi singular atalaya observaba cosas, muchas cosas, pero esas cosas eran diferentes a las que podían reclamar su atención femenina.

Por ejemplarizar, un día irrumpió un señor por las inmediaciones de nuestro ‘soterrani’. Era un hombre bien vestido, extranjero, no hablaba con nadie, se limitaba a pasar horas enteras en un banco del parque y, también, consumía un té con leche en el bar de Pepe.

En un pueblo cuando todavía era pequeño, prevalecían los sobrenombres para identificar a los nativos, como por ejemplo los Garriga éramos de ‘Can Terrasa’, al jugador de fútbol Timoner se le reconocía como ‘Toto’ (QEPD) y así uno tras otro… por lo que sin prisas pero sin pausas, al nuevo abuelo de la zona se le bautizó como el ‘kayser alemán’.

Y claro, como en todo lugar pequeño, donde el boca a boca tiene mayor patente de corso que la radio, prensa o televisión, comenzó a alimentar la rumorología con matices que sólo cabían en mentes malpensantes y cizañeras para intentar desestabilizar al bueno del abuelo que no hablaba por no ofender.

Escuché escondido para no ser descubierto tras unas cajas del almacén del garito, cómo los ‘atletas de la barra del bar’ desmenuzaban al nuevo y veterano vecino.

Según esos ‘deportistas’ se trataba de un alemán en busca y captura por su participación en el genocidio nazi. El teutón respondía al nombre de Helmut Geyser, aparecía y desaparecía de cada pueblo donde residía con facilidad porque asociaciones de judíos andaban tras su pista con el objeto de llevar a cabo venganza y juicio… podría continuar porque luego entraron en concreciones impensables.

Por aquel entonces mi dni rozaba la docena de cumpleaños. Jugábamos a fútbol y un balón mal despejado por el ‘patata’ de Jorge fue a parar a los pies de ¿Helmut? Como yo era el más cercano, me dirigí a él con valentía inesperada por mí mismo.

– Sr. Helmut, ¿sería tan amable de devolvernos el balón? Por favor.

– ¿Sr. Helmut… Sr. Helmut? ¿Quién te ha dicho que soy el Sr. Helmut?

– Todos lo dicen en el bar. Dicen que usted es alemán, de un pueblo (¿) llamado Gestapo y que está huyendo?

– ¿Alemán… Gestapo… huyendo? Me gustaría saber dónde proyectan esta película, ¿sabes?

-Sr. Helmut, ¿me devuelve la pelota, por favor?

– Claro,hombre, aquí la tienes y hazme un favor. Informa a los que quieran oírlo, que mi nombre es Maykel Trevor, soy jubilado inglés y fui panadero… Ah, y si alguien desea saber algo de mi historia de vida laboral o personal, aquí los espero.

– Perdone sr. Helmut… perdón señor Maykel, la pelota, por favor…vla pelota.

– Recuerda el trato que hemos firmado.

– Se lo prometo.

Pasaron los días y me presenté en el bar. Expliqué mi conversación con el Sr. Maykel. El abuelo inglés un día… dejó de ser noticia y punto neurálgico de suposiciones y suspicacias. Había dejado de ser ‘carne de cañón’ y ya carecía de interés para los ‘deportistas ‘de la barra del bar’. Así fueron las cosas –si la memoria no me falla- y así las hemos fabulado para todos ustedes.

Moraleja, si tienes dudas, consulta y no intentes fomentar las cosas que no conoces de primera mano mano. Es un aviso para navegantes.

 

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