Manos arriba, esto es un atraco

Tengo un amigo de esos que sólo caben dentro de la relación que suele decirse que se encuentran en tu lista de los dedos de una mano. Pues bien, por motivos laborales y también, por qué no reconocerlo, por movernos en diferentes círculos de amistades, hace que cuando nos vemos de forma circunstancial el preludio es semejante a aquel cuyos hermanos emigraron a países diferentes y pueden pasar años hasta que vuelven a coincidir.

Sé que damos el espectáculo delante de la gente, pero ambos dos tarareábamos la misma canción, de Alaska por cierto: ‘A quién le importa lo que yo haga’. Pedro y yo vivíamos muy cerca cuando adolescentes, pasamos muchas horas en ambos domicilios, descubrimos a la par el mundo zoológico. Es decir, que los niños no los trae la cigüeña y que el ratoncito Pérez no había cursado odontología precisamente. También algo de geografía nocturna, dónde se encontraba Cala Llonga, Cala Rata… por supuesto, acompañados. Pero mira cómo son las cosas. El padre de Pedro se puso entre ceja y ceja que el chaval debía ir a la universidad en Barcelona y estudiar para, como decía el progenitor, ‘el día de mañana ser un hombre como Dios manda’.

Pedro, en multitud de ocasiones de nuestras conversaciones íntimas, me había reconocido su animadversión a la carrera que le habían designado, debía continuar la tradición familiar, y ser arquitecto. Era un muy buen estudiante y coronó la carrera para júbilo familiar y él, por inercia, trabaja de arquitecto. Claro, demasiados años estudiando y luego trabajando, hacía que nuestros encuentros se tradujeran a Navidad, Semana Santa, verano y vuelve a la Navidad. Eso sí, siempre quedábamos para tomar un café y estas últimas fechas teníamos más motivos que nunca para ponernos al día puesto que Pedro había decidido junto a su familia catalana –mujer y dos hijos- fijar su residencia en Menorca. No pude disimular mi sorpresa a caballo de lo inesperado y lo deseado. Ahora, podríamos los dos ‘’arreglar el mundo’’ con un buen café como ‘animal de compañía’.

– Sí Rafa, te llamaré un día de estos y nos ponemos al día, pero será la próxima semana o el mes que viene, ¿vale?

– Claro, Pedro, y si te puedo echar una mano en algo me lo dices, pero… fíjate, tenemos un bar a dos metros y oigo una música que dice ‘ojalá que llueva café en el campo’… Es una invitación en toda regla, ¿no?

– Llego justo de tiempo a una reunión pero… qué hostias, uno de rapidito, ¿vale?

– De acuerdo pero invito yo.

Paradójicamente, ninguno de los dos tomamos café. Se acercó el camarero y ambos optamos por algo fresco.

-Nos pondrá, por favor, una cola ‘zero’ y un granizado de limón.

Mientras el camarero prepara los refrescos, Pedro y yo trivializamos hasta que nos sirven, muy amablemente por cierto.

– Disculpe joven, si es tan amable, cóbreme que tenemos un poco de prisa.

– Faltaría más caballero. Mire usted, cola zero y granizado (suena el teclado del ordenador y la consecuente nota impresa)… Caballero serán 5,50 … 5,50 euros por favor…

– Muy bien, aquí tiene… 6 euros.

El camarero se dirige hacia la caja y sin perder su amabilidad…

– Caballero, aquí tiene su cambio, 50 céntimos, muchas gracias.

– Gracias a usted pero, por cierto me permite una pregunta.

– Si tengo respuestas para ellas, no tenga dudas que las contestaré

– ¿Cuántas personas se han quejado de los precios que ustedes aplican?

– Si le digo la verdad usted no es el primero… mucha gente se ha quejado de los precios que tenemos, pero…

– No se preocupe, usted es un grumete y el capitán de navío sólo se ocupa de recoger la bolsa del tesoro –que se encuentra en una isla pero no está escondido- y a esperar al próximo abordaje y no, por favor no me conteste, que ya veo que usted será incapaz de hablar mal de la mano que le da de comer. Muchas gracias.

Al salir del local, Pedro, que conoce bien de qué pie cojeo, me lanza un ‘qué, carnaza para tu próximo escrito, ¿no?’

– Me conoces demasiado bien para saber que no perderé la oportunidad de denunciar este ‘manos arriba, esto es un atraco’… No me importan las mil de las antiguas pesetas que nos ha costado una cola zero y un granizado. Lo que realmente me jode es que después en prensa y radio, nuestros políticos se rasgan las vestiduras por si campos de golf o turismo rural… señores políticos del Consell, del Fomento, del organismo, ONG, o asociación que sea, entérense que la casa no se construye por el techo.

Es igual el turismo que nos visite, del nivel económico al que pertenecen pero a nadie –local o foráneo- le gusta cuando consume en el centro de Mahón una cola zero y un granizado, pide la cuenta y le contesten ‘manos arriba, esto es un atraco’… son 5,50 euros. Ah, por cierto, 5,50 euros sin romper nada, ¿eh?

 

 

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