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A España le importa muy poco ganar o perder en Eurovisión

martes, mayo 29th, 2018

Aquello de que ‘lo importante es participar’, no nos engañemos, es un argumento apto sólo para los perdedores. El ser humano lleva en el ‘ADN’ la competitividad como principal característica porque la historia sólo se acordará de los primeros y si no está de acuerdo, piense en tres ‘segundos clasificados’ históricos en el ámbito que quiera, ya sea social, cultural, deportivo, concursos… ¿Concursos? ¿Hemos dicho concursos? Está bien, hablemos por ejemplo de Eurovisión y tras recurrir a la frialdad de los números no nos tiembla el pulso para asegurar que a España le importa un bledo ganar o perder, lo que realmente les importa es participar y se preguntarán por qué. Números, es cuesión de números… de dinero, vamos.

Acudimos a una cuenta de explotación comprendida entre los años que van desde el 2000 al 2018, es decir lo que respecta al siglo XXI y estas son nuestros datos y argumentos.

En estas 19 ediciones han tomado parte un total de 45 países de los que Alemania, España y Reino Unido no han fallado a ninguna convocatoria pero sólo los teutones han ganado en una ocasión, mientras que latinos y británicos no hemos obtenido el preciado laurel de oro tan siquiera una sola vez. Nuestros representantes se han clasificado entre los 10 primeros en 6 ocasiones, entre el 11 y el 20 en 4, y del 21 en adelante en 9 convocatorias. La inercia es, por tanto, perdedora, pero no pasa nada porque lo importante es… ¿recuerdan?

Estaría bien, por aportar más datos, echar un vistazo en torno aquellos concursantes que han repetido victoria en 2 certámenes: Dinamarca (2000 y 2013), Suecia (07 y 12) y Ucrania (04 y 16).

Ganar el concurso, es evidente, repercutiría una inyección económica nacional de proporciones descomunales, pero eso implicaría organizar el próximo certamen y proponer llevar a cabo un proyecto serio, con ideas claras, ganas, ilusión, dispuesto a romper tics, normas, formatos, pegar un puñetazo sobre la mesa y como dijo El Maestro ‘derriben este templo que yo lo levantaré en tres días’, sentencia que implicaría salirse de la zona de confort y claro, es improcedente. Muy a pesar de que nos tilden de descerebrados, la clasificación para representarnos en Eurovisión pasa por llevar a cabo un proyecto comandado por un general con mano de hierro (Ristro Mejide o sucedáneo) y elevar el nivel de exigencia a la enésima potencia.

Mientras dejemos la oportunidad de representarnos en concursos derivados de movimientos quinceañeros a golpe de ‘sms’, en concentración de masas para ‘selfis’ y firmas de autógrafos, en actuaciones en estadios faraónicos que se convierten, luego, en entrevistas, clips musicales de repercusión mediática mundial (¡!), representaciones, visitas a cadenas de radio y televisión, posados etc. etc. es evidente que aquellos lodos trajeron estos barros, toda esta movida repercute en bolsillos de los de siempre y nadie quiere salirse de esta foto… ¿Quién le pone el cascabel al gato, o puertas al campo?

Resumiendo. Lo importante es ganar aunque, no nos engañemos, participar repercute en puestos de trabajo y no pocos. Aquellos que confiaban (mos) en una pareja de niños pijos, empalagosos hasta el límite de dudar de si habrá o no beso para finalizar la canción, mediáticamente exprimidos, aupados por absolutamente todo el mundo, fuimos ‘engañados’ una vez más.

A España le importa muy poco ganar o perder en Eurovisión porque el formato que permite llegar al certamen llena muchos bolsillos y para qué trastocar lo que funciona bien (¿). Pasa que te ilusionas y ciertamente no importa perder porque realmente lo que jode es la cara de idiota que te queda.

Por cierto, siempre habrá quien diga que nos clasificamos antepenúltimos y otros dentro de los 23 primeros, pero… ¿alguien podría decirnos el número de teléfono de Ristro Mejide? ¡Vade retro…!

 

El mejor empleado

lunes, mayo 14th, 2018

Un conocido patrón que cabalgaba montado en el euro, dirigía su fábrica con mano dura y tenía todos sus empleados con el culete prieto. No levantaba la voz, se dirigía con educación a sus subordinados, se regía por estatutos que le eran favorables así como los que iban en su contra, su sí era afirmativo hasta las últimas consecuencias y su negativa hacía lo propio. Era incombustible y aunque le guardaban respeto absoluto, las habladurías sobre sus maneras singulares de dirigente hacían que los comentarios fuean cizañeros y provocadores: ‘Tenemos que pedir aumento de sueldo pero no dependiendo de IPC y otros baremos, sino porque nos lo merecemos’, acordaron los empleados, y una representación se personó en su despacho.

“Disculpe don José, al acabar la jornada, ¿tendría diez minutos para atendernos, por favor?”

“Nunca me he negado a reunirme con vosotros y esta vez no será la primera. No imoprta que esperemos a terminar, a que sean las ocho. Venid una representación a las siete y así cuando terminemos podemos irnos a casa.”

El jefe demostró una vez más su predisposición al diálogo y esperó en su flamante despacho a que fuera la hora concertada. Ya son las siete de la tarde.

“Queríamos solicitarle un aumento de sueldo general sin tener en cuenta baremos tipo IPC. Estamos trabajando duro y somos merecedores de que la empresa haga el esfuerzo.”, expusieron los representantes de la empresa.

“Teneis toda la razon del mundo. Yo también creo que sois merecedores de un aumento nominal pero no puede ser igual para todos porque ninguno de vosotros realiza la misma labor, ninguno de vosotros tiene la misma responsabilidad, todos desempeñáis jornadas distintas y, por tanto, no encuentro justo que la subida sea del mismo tanto por ciento para cada uno de vosotros pero… tengo una idea.”, sorprendió don José a los representantes de los empleados.

“Usted dirá qué nos propone y cómo quiere hacerlo, ya que dice venir de acuerdo con la subida, don José.”

“Pienso que lo mejor será establecer un baremo de considerandos. Haré un listado de lo que yo entiendo que un empleado debe llevar a cabo por el bien de la empresa y teniendo en cuenta vuestras contestaciones, os aumentaré el sueldo. ¿Os parece bien?”

“Venimos de acuerdo.”

Contestaron los subordinados que a pesar de la gran disponibilidad de don José, conociendo cómo se las gastaba, se fueron dubitativos y se lo contaron a sus compañeros. Algunos valoraron de forma positiva, otros…

Era viernes y prometió el lunes entregarles el baremo. Llegó el lunes y don José les comunicó que aumentaría el tanto por ciento estipulado en cada concepto que el trabajador llevara a cabo:

25% por trabajar las 24 horas del día, 25% por hacerlo en sábados, domingos y festivos, 20% por no estar nunca de baja, 15% por no disfrutar de vacaciones, 10% por no pedir aumento de sueldo, 5% extra si cumplía las condiciones del baremo.

Todos se quedaron sin habla, sin qué responder, hasta que el más veterano de la empresa se erigió como la voz de los empleados para protestar por lo exagerado de las peticiones de don José. “Usted sabe perfectamente que no hay trabajador que sea capaz de hacer todo lo que usted expone como condicionantes”, dijo

Don José sin perder la compostura les argumentó: “Mientras alguno de ustedes no sea capaz de desarrollar mis peticiones, continuaré subiendo las nóminas según el IPC.’’

“Pero nadie es capaz de trabajar tanto”, insistieron

“No sólo hace todo lo que os he enumerado, sino que lo hace sin cobrar un euro, ni 50 centimos.”

“¿Nos puede dar el nombre de este robot que roza la perfección?”

“Faltaría más. Este empleado no es otro que… el mostrador.”

Entonces todos agacharon la cabeza, volvieron al trabajo y una vez más perdieron el (maldito) pulso con (el maldito) don José.

Sin comentarios.