El mejor empleado

Un conocido patrón que cabalgaba montado en el euro, dirigía su fábrica con mano dura y tenía todos sus empleados con el culete prieto. No levantaba la voz, se dirigía con educación a sus subordinados, se regía por estatutos que le eran favorables así como los que iban en su contra, su sí era afirmativo hasta las últimas consecuencias y su negativa hacía lo propio. Era incombustible y aunque le guardaban respeto absoluto, las habladurías sobre sus maneras singulares de dirigente hacían que los comentarios fuean cizañeros y provocadores: ‘Tenemos que pedir aumento de sueldo pero no dependiendo de IPC y otros baremos, sino porque nos lo merecemos’, acordaron los empleados, y una representación se personó en su despacho.

“Disculpe don José, al acabar la jornada, ¿tendría diez minutos para atendernos, por favor?”

“Nunca me he negado a reunirme con vosotros y esta vez no será la primera. No imoprta que esperemos a terminar, a que sean las ocho. Venid una representación a las siete y así cuando terminemos podemos irnos a casa.”

El jefe demostró una vez más su predisposición al diálogo y esperó en su flamante despacho a que fuera la hora concertada. Ya son las siete de la tarde.

“Queríamos solicitarle un aumento de sueldo general sin tener en cuenta baremos tipo IPC. Estamos trabajando duro y somos merecedores de que la empresa haga el esfuerzo.”, expusieron los representantes de la empresa.

“Teneis toda la razon del mundo. Yo también creo que sois merecedores de un aumento nominal pero no puede ser igual para todos porque ninguno de vosotros realiza la misma labor, ninguno de vosotros tiene la misma responsabilidad, todos desempeñáis jornadas distintas y, por tanto, no encuentro justo que la subida sea del mismo tanto por ciento para cada uno de vosotros pero… tengo una idea.”, sorprendió don José a los representantes de los empleados.

“Usted dirá qué nos propone y cómo quiere hacerlo, ya que dice venir de acuerdo con la subida, don José.”

“Pienso que lo mejor será establecer un baremo de considerandos. Haré un listado de lo que yo entiendo que un empleado debe llevar a cabo por el bien de la empresa y teniendo en cuenta vuestras contestaciones, os aumentaré el sueldo. ¿Os parece bien?”

“Venimos de acuerdo.”

Contestaron los subordinados que a pesar de la gran disponibilidad de don José, conociendo cómo se las gastaba, se fueron dubitativos y se lo contaron a sus compañeros. Algunos valoraron de forma positiva, otros…

Era viernes y prometió el lunes entregarles el baremo. Llegó el lunes y don José les comunicó que aumentaría el tanto por ciento estipulado en cada concepto que el trabajador llevara a cabo:

25% por trabajar las 24 horas del día, 25% por hacerlo en sábados, domingos y festivos, 20% por no estar nunca de baja, 15% por no disfrutar de vacaciones, 10% por no pedir aumento de sueldo, 5% extra si cumplía las condiciones del baremo.

Todos se quedaron sin habla, sin qué responder, hasta que el más veterano de la empresa se erigió como la voz de los empleados para protestar por lo exagerado de las peticiones de don José. “Usted sabe perfectamente que no hay trabajador que sea capaz de hacer todo lo que usted expone como condicionantes”, dijo

Don José sin perder la compostura les argumentó: “Mientras alguno de ustedes no sea capaz de desarrollar mis peticiones, continuaré subiendo las nóminas según el IPC.’’

“Pero nadie es capaz de trabajar tanto”, insistieron

“No sólo hace todo lo que os he enumerado, sino que lo hace sin cobrar un euro, ni 50 centimos.”

“¿Nos puede dar el nombre de este robot que roza la perfección?”

“Faltaría más. Este empleado no es otro que… el mostrador.”

Entonces todos agacharon la cabeza, volvieron al trabajo y una vez más perdieron el (maldito) pulso con (el maldito) don José.

Sin comentarios.

 

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